Si la filosofía está muerta, avísenle a la filosofía: respuesta a “¡Si la filosofía muere la ciencia también muere!” de Dante Urbina

El 11 de mayo, el economista Dante Urbina escribió un artículo [1] de opinión titulado “¡Si la filosofía muere la ciencia también muere!”. En aquel, Urbina básicamente afirmó que la ciencia no puede continuar existiendo, si es que la filosofía -a decir del cosmólogo Stephen Hawking, a quien el autor refiere- acaso hubiere muerto. De este modo, y creo no cometer errores en la interpretación, Urbina establece una relación de dependencia y/o necesidad entre la ciencia respecto de la filosofía:

“Pero, ¿es verdad que la filosofía ha muerto y su lugar ha sido plenamente tomado por la ciencia, como piensan Comte y Hawking? Pues no. Pensar que la ciencia puede seguir viva al mismo tiempo que la filosofía está muerta es una grandísima estolidez pues si la filosofía muere, la ciencia también muere. La ciencia no puede sobrevivir sin la filosofía.”

Dicho esto, lo que haré aquí es dialogar con las premisas brindadas por Urbina pues, personalmente, considero que la ciencia puede, con absoluta confianza, continuar su expansivo camino sin necesidad de depender de la filosofía. Como puede sospecharse, y por necesidad de planteo, queda claro que para establecer una relación de dependencia entre una cosa y otra, es necesario precisar bien las variables en juego, tanto para evitar reducciones como generalizaciones. Esto implica definir bien qué es la filosofía, qué entendemos por ciencia y cuál es la naturaleza de esta relación de dependencia –tres componentes que serán aquí definidos y problematizados a lo largo de este texto.

Un ejercicio básico en este tipo de posturas omnifilosóficas (a lo Mario Bunge) es asumir que todo razonamiento es esencialmente filosófico, mientras estratégicamente se evita argumentar por cuáles razones no lo sería ni por cuáles podría ser, asimismo, científico (¿sesgo de confirmación?). Para evitar tales imputaciones y trazar el camino con claridad suficiente, bastará con decir que la ciencia emplea el método científico (que es básicamente un ejercicio sistemático de contrastación y/o validación) mientras que la filosofía, por definición, no lo hace –¿Cómo así que no? De hecho, algunas de las creaciones contemporáneas de la filosofía (seguidas por varios científicos sociales) como la hermenéutica, la fenomenología, el postestructuralismo, el poscolonialismo, la semiótica francesa, la rizomática, la arqueología/genealogía, el estructuralismo antropológico, la deconstrucción, el posmodernismo, el perspectivismo amerindio, el relativismo epistémico, el constructivismo radical, la sociopoiética, el butlerismo, la teoría del cyborg o la teoría queer, han sido acusados de no respetar cánones científicos y ni de argumentación [2] [3] [4]. Es imposible, pues, que tales “métodos” sean considerados como científicos cuando bien podrían ser todo lo contrario.

  1. Toda la ciencia depende de supuestos cuya demostración es filosófica.

Encuentro que esta premisa es problemática porque el concepto de verificación, sin importar dónde haya surgido, es hoy por hoy de entera usanza científica. Pregunto yo, de forma atrevida, ¿puede la filosofía siquiera verificar algo por sí misma, sin remitir a estrategias científicas? Para el caso de la realidad -ejemplificado por Urbina-, queda claro que no hay demostración alguna por hacer. Aplicar técnicas de medición (p.e. test psicotécnicos) o de levantamiento de datos (p.e. cuestionarios) -si acaso entendí bien- no tiene nada que ver con el acto de presuponer si la realidad es real o no. Considero estar seguro cuando afirmo que ningún científico se pregunta si la realidad que nos circunda es real o no, dado que no es un tema central de investigación. Creo que este tipo de preguntas solo las puede haber elaborado un filósofo con ayuda de algún patógeno. Aquel físico que Urbina menciona como ejemplo ficticio no está, pues, presuponiendo nada; lo da por hecho porque sabe -gracias a la ciencia- que es así y no de otro modo. Por esta razón es que se emplea técnicas y por esta razón es que no seguimos preguntándonos -hasta el día de hoy- si la realidad es real. Confío en que si dicho caso no estuviera plenamente cableado no habría mayor ocupación en nuestras mentes pero este no es el caso. Ningún científico -que yo sepa- tiene por finalidad demostrar la existencia de la realidad sino más bien analizarla. Es verdad que en la actualidad existen neurocientíficos que problematizan el tema de la realidad, pero esto no pone en cuestión su existencia autónoma sino la naturaleza composicional [5]. Ahora, puede que Urbina tenga razón en que dicho presupuesto es básicamente filosófico pero enunciar su origen no prueba nada a este nivel. Depender de una presuposición filosófica no vuelve útil a la filosofía; es más, diría yo que la establece como caduca. Aquella comprobación “para casos particulares”, a la que hace mención Urbina, bien puede que sea el único tipo de prueba que tengamos. Afirmar que existe un tipo de prueba más, que no es particular y que por esta razón es filosófica, es un ejercicio retórico. Solo existe aquello de lo que se puede tratar. La realidad existe y nadie puede dudarlo; de lo que dudamos, es sobre la naturaleza particular de esta misma realidad; por ejemplo, de sus componentes y características.

El tema de la causalidad, a este nivel, también es observable. Dudo que las ciencias partan de una presuposición acerca de la causalidad de las cosas cuando, en realidad, su deber es establecerlo. Cuando en ciencias antropológicas se realiza una investigación, por ejemplo, mediante el análisis interaccional de redes sociales, no se presupone que haya interacciones que se causen unas a otras. De lo que se trata es de demostrarlo. Queda claro que, por ejemplo, estudiar la interacción de partículas subatómicas es diferente de estudiar la interacción de personas, muy a pesar que ambos problemas conlleven principios semejantes (interacción, estructura, red, comportamiento, estabilidad). Si alguien está estudiando las distintas interacciones que ocurren en una organización y quiere probar que ante determinados estímulos se generan determinadas reacciones, poco importa si las personas son conscientes de que están reaccionando ante dichos estímulos. Es verdad que si alguien recibe un insulto, tratará de responderlo de forma consciente, y he aquí algo que podríamos identificar como causalidad. Pero si luego de recibir un insulto alguien no insulta de vuelta a su emisor sino que golpea la pared, este efecto quedará establecido como causal así no lo sea para los sujetos. La causalidad, a este nivel, no es una presuposición sino algo a probar -¿cómo?- pues científicamente.

  1. Toda la ciencia se estructura en términos lógicos.

En la epistemología (imagino que por influencia del empirismo lógico) existe una imagen relativamente distorsionada acerca de la naturaleza científica de las ciencias básicas que califica a la física como modelo de ciencia ideal –específicamente, la física teórica. La única explicación que se da (en alguna bibliografía que bien puede ser poco rigurosa [6]) es que tales disciplinas pueden formalizar sus pretensiones teoréticas. Y están en lo cierto. Sin embargo, existen facciones de la física teórica que jamás conocerán lo que es la evidencia empírica. ¿Puede, entonces, una disciplina que no conoce la evidencia ser modelo de actividad científica –siendo esta un ejercicio constante de verificación mediante evidencia? Personalmente lo dudo, pero algunos lo siguen defendiendo. El problema de la física teórica contemporánea es tal que hasta los mismos físicos han tenido que ponerle un alto a estas pretensiones especulativas y con toda razón. En diciembre del 2014, el professor emérito de matemática aplicada, George Ellis, y el astrofísico, Joseph Silk, publicaron en Nature un breve artículo [7] en el que expuso críticamente cómo algunas teorías contemporáneas de la física teórica presumen su independencia respecto de métodos de verificación experimental (es decir, empírica), llegando a constituir entelequias matemáticas muy elegantes pero, asimismo, irreales. Según los autores, dichas teorías guardaban un fuerte componente filosófico en su argumentación, y apuesto que contra ese tipo de pretensiones se pronunció Hawking al decir “la filosofía está muerta” –lo cual no quita que hasta él mismo pueda caer, en algún momento, en dicha problemática. ¿Qué prueba este polémico episodio? Que debemos prestarle atención a aquellos corpus de conocimiento que dependan únicamente de la lógica.

Hablando de ciencias antropológicas, la aplicación de una simple entrevista ni siquiera necesita ser estructurada en términos lógicos (y con esto hago referencia a sistemas axiomáticos complejos, de modo que se justifique la formalización). Las ciencias formales (a las que prefiero llamar disciplinas formales), al no depender de evidencia empírica, necesitan recurrir a la lógica como forma única de verificación. Las ciencias fácticas, en cambio, pueden recurrir a la lógica para endurecer sus proposiciones pero lo principal está, sin lugar a reclamo, en la evidencia empírica. Es por esto que no se puede decir que las ciencias antropológicas (o sociales) sean menos científicas que las formales o las básicas. Claramente, la usanza de la lógica encarna una forma de verificación bastante diferente de la empírico-experimental al punto que quizás ni siquiera haya que llamarla así. ¿Es posible verificar algo solo mediante la lógica? Puede que la lógica sea la única demostración relativamente válida a la que algún filósofo (o físico teórico) pueda apelar, sin embargo, esta premisa contiene tres observaciones extra: (i) no todos los filósofos recurren a la lógica (pues, de hecho, es probable que muy pocos lo hagan mientras una gran mayoría reniega abiertamente de ella mediante un fuerte rechazo a la argumentación coherente: ver puntos 2 y 3), (ii) la ciencia recurre a la lógica (a través de la tecnología y, desde luego, la ingeniería; recomiendo revisar algo sobre programación, informática, neurociencia computacional, sistemas cognitivos o modelos de inteligencia artificial) y (iii) recurrir a la lógica no te vuelve filósofo sino simplemente teoréticamente precavido (y sin que haya extrema necesidad). Puede que los más grandes defensores de la lógica sean filósofos, pero los principales aplicadores (y asimismo descartadores) de la lógica son científicos.

  1. La ciencia se define a sí misma, gracias a la filosofía.

Urbina afirma que “la ciencia no puede ser juez y parte en definir qué es ciencia y qué no”, sin embargo, ¿es esto cierto? Evidentemente la cita, tal y como está enunciada, puede asumirse como correcta: algo no puede evaluarse a sí mismo. No obstante, si echamos cable a tierra, esto podría no ser del todo cierto. Organizaciones se evalúan a sí mismas, países se evalúan a sí mismos, personas se evalúan a sí mismas, entonces, ¿por qué la ciencia no puede evaluarse a sí misma? Aunque debe ser complicado imaginar que La Ciencia se evalúe a sí misma, debemos reconocer que los científicos se evalúan a sí mismos y a otros todo el tiempo. Es más, esta actividad correctiva (con clara alusión al problema de la demarcación) es justamente en lo que consiste la otra parte de la actividad científica: la crítica –lo cual involucra desde criticar la utilización de métodos, teorías y técnicas, hasta la denuncia de errores de lectura (Sí. Pasa). Creo que esto podría permitirnos decir, sin temor, que la ciencia puede ser juez y parte de sus propios límites pero que esto no convierte a los científicos en epistemólogos ni mucho menos en filósofos. Urbina hace bien en señalar que la epistemología es una rama de la filosofía, sin embargo, al igual que con la lógica, los principales gestores de la epistemología son los científicos y no los filósofos –hecho que también Urbina reconoce. De hecho, gracias a ciertos filósofos tenemos epistemologías que aún remiten a Kant, a Hegel o a los conocimientos indígenas, mientras que gracias a epistemólogos cuasicientíficos tenemos una epistemología metodológicamente dirigida (por ejemplo, Paul Thagard o Jerry Fodor). Hablar de predicción, validez, demarcación (como refiere Urbina), confiabilidad, teorización, sistematicidad (como agrego yo) no te vuelve filósofo. Estos conceptos no pertenecen necesariamente al corpus filosófico.

Hace poco elaboré dos pequeños textos en los cuales me pregunté qué es la epistemología [8] y para qué podría servir [9], y en ambos llegué a la conclusión de que, si la epistemología es el estudio (científico) del conocimiento científico pues le sirve más a la ciencia que a la filosofía. La epistemología funciona porque la ciencia es perfectible. Es cierto que la epistemología es una rama de la filosofía, sin embargo, ¿es la epistemología una ciencia? Si miramos a los principales epistemólogos de la historia (desde Alfred Ayer, Bertrand Russell, Karl Popper, Imre Lakatos, Thomas Kuhn, Carl Hempel, Robert Cohen, Marx Wartofsky, Edna Ullmann-Margalit, Jaakko Hintikka, Evandro Agazzi, Wesley Salmon, Gonzalo Munévar, Patrick Suppes, Matti Sintonen, Philip Kitcher, Theo Kuipers, Larry Laudan, Ernest Nagel, Stephen Turner, Ian Hacking hasta Gregorio Klimovsky, Rolando García o Mario Bunge ¡qué más da!) veremos que ellos seguían un procedimiento que gruesamente podemos llamar científico o al menos lógico pues sus reflexiones tenían por fin corregir eso que llamaban ciencia –tal y como lo hacen muchos científicos. Fueron estos aportes los de mayor utilidad y aplicabilidad, y no por nada tales solían dirigirse mayoritariamente hacia aquellos campos científicos en los que tales académicos estaban bien formados, e incluso cometiendo errores si traspasaban esos límites. Puede que la epistemología parta de la filosofía (como probablemente parta todo el conocimiento de esta parte de planeta) pero esto no hace que la epistemología sea filosóficamente dependiente en términos de teorías y métodos, ni convierte en filósofos a quienes le hagan reverencia.

  1. La filosofía organiza el marco conceptual e interpretativo de la ciencia.

Urbina dice “no hay observaciones ateóricas”, sin embargo, considero que esta premisa no goza de suficiente claridad. En las ciencias fácticas existe algo que podemos llamar el plano técnico, es decir, aquel nivel de la realidad en el cual se utilizan técnicas de investigación cuyo fin es simplemente recoger datos con el mayor nivel de asepsia teórica posible. En algunas disciplinas como antropología o sociología, el plano técnico asume un rol fundamental, no solo porque sirve para la verificación empírica sino porque, al estudiar fenómenos sociales, pueden llegar a considerar alguno del cual no se sepa absolutamente nada. Y justamente para evitar riesgos de invasión teorética en la explicación de tales, es que se manejan técnicas como etnografía, observación (!), observación participante, encuestas, entrevistas, testimonios, muestreo, etc. Si los hechos que recogen las técnicas no fueran ateóricos, estas no tendrían razón de existir. Pero existen, pueden ser combinadas a ojo cerrado (a diferencia de las metodologías, teorías y epistemologías) y funcionan bastante bien si son correctamente aplicadas.

A inicios del siglo XX, cualquier etnografía básica era considerada revolucionaria por el simple hecho de postular que existía una integración entre los distintos agentes de un grupo social; sin embargo, si hoy por hoy una etnografía sostiene tal hecho será criticada de redundante -¿por qué?- porque la integralidad de un fenómeno social ya es un hecho plenamente asumido, al punto de no consistir adelanto alguno. Es como si tal premisa perdiera su teoricidad al reconocer que tal ya no es un adelanto teorético sino que es así como se configura la realidad misma. La misma ciencia y sus formas de desarrollo constituyen modos de dejar atrás lo que ya se sabe, para profundizar en lo que aun no. Sabemos hoy que la realidad es integral y hasta sistémica. Personalmente, me gusta bautizar este curioso efecto mediante el dicho: la teoricidad de los hechos tiene fecha de vencimiento. De este modo, sí existen observaciones ateóricas porque existen hechos ateóricos; de no ser así, ni la observación misma sería una técnica.

  1. Toda ciencia funciona en base a valores epistémicos que son, asumo, de carácter filosófico.

Urbina afirma que conceptos tales como “verdad, certeza, consistencia, simplicidad, objetividad, poder explicativo, poder predictivo” no son de procedencia científica sino filosófica, a los cuales califica, además, como categorías no descriptivas sino con “una fuerte carga valorativa”. Aquí Urbina refiere a Héctor Morán (a quien no he leído) para afirmar que la noción de verdad no solo “no se limitan a describir una oración de la ciencia” sino que es “un concepto normativo”. Sin embargo, creo yo que se está dejando de lado, nuevamente, el plano empírico. Si alguien me dice “Ayer te llamó María”, ¿cómo puedo saber que es verdad? (¿acaso mediante formalización lógica?) Sencillo, preguntándole a María si es que, de verdad, me llamó. Aquí existe una verificación empírica. Este torpe ejemplo, sin duda, grafica cómo funcionan las ciencias fácticas. Por esto, es que -a despecho de lo señalado por Urbina- no considero que la filosofía juegue un “papel crucial en garantizar la claridad conceptual de las ciencias”, ya que de esto se encarga la misma ciencia a través del debate y la retroalimentación.

¿Entonces?

¿Cómo podemos comprender el mundo en el que nos hallamos? ¿Cómo se comporta el universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el universo un Creador? Tradicionalmente, ésas son cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física.”
Stephen Hawking

Decir que “la ciencia” no puede vivir si muere “la filosofía” es generalizar ambas actividades, sobre todo la científica. Realizar una investigación de campo aplicando únicamente la etnografía, calificaría sin mayor problema como una actividad científica sin que se haga mención a la filosofía. Ni el plano técnico ni muy probablemente el metodológico o el teórico necesariamente dependen de la actividad filosófica. Muy aparte de esto, en esta discusión existe un truco retórico aun mayor: decir que cualquier cosa a la que haga mención la actividad científica (sea mayúscula o minúscula o sea consciente o inconsciente) es de origen filosófico, será suficiente para establecer inmediatamente una relación de necesidad entre ciencia y filosofía. Basta con que algún científico recién graduado refiera a algún concepto de presumible procedencia filosófica (o que la entera comunidad científica lo haga) para que se diga, sin mayor temor, que no existe ciencia sin filosofía y que todos, sin excepción alguna, hacemos filosofía. Y justamente en relación al dicho de Hawking (que viéndolo en su párrafo original nos damos cuenta que refiere justamente a esa popular filosofía mayoritaria y abiertamente acientífica) es que algunos han construido un argumento así [10], mientras que otros lo hicieron citando a -nada más y nada menos que- Martin Heidegger [11] (¡faltaba más! [12]). A mi decir, se puede afirmar con total calma que la filosofía o está muerta o está enferma -como de hecho lo postulan algunos filósofos de vertiente científica [13]– ya que la ciencia avanzará de todas maneras. No afirmo aquí que la filosofía esté muerta, sino solo apenas estipulo que esto es irrelevante para la ciencia.

No considero que el lema de Hawkins haga gala de estolidez ni sea burdo, absurdo o autocontradictorio, como señala Urbina, porque simplemente responde al estado real de cierto tipo de filosofía a la que muchos aun refieren –hecho cuya responsabilidad no es de nadie más que de la filosofía y de los filósofos. Si de lo que se trata, finalmente, es de armar debate, los filósofos deberían ocupar más su tiempo en refutar a otros filósofos, que en refutar a científicos que han sido ya criticados de mejor forma por otros científicos. Al científico, creo yo, poco le importa saber si sus conceptos son de origen filosófico. Les basta con que funcionen para probar la validez de alguna proposición y el resto es historia. Quizás podamos decir que Hawkins (y otros científicos) tienen una visión gerencial del conocimiento basado en resultados (hecho que no critico sino alabo) o, en todo caso, que ha cometido una generalización al hablar de La Filosofía sin mayor especificación. Sin embargo, si el río suena… Estoy seguro que todo aquello que se dice la filosofía muestra mayor certeza que todo aquello que se dice sobre la ciencia.

Hoy por hoy, todavía existe una amplísima mayoría filosófica generalmente posmoderna, postestructuralista, relativista, anticientífica, heideggeriana, kantiana, butleriana, feminista, pachamamista o neomarxista. Los pocos filósofos que realmente valen la pena conocer defienden una perspectiva científica de las cosas prácticamente la mayor parte de su tiempo. Si hay algo que corregir, diría que está en un 90% allá, y apenas en un 10% por acá. Y digo esto también porque en el texto de Urbina se presiente una innecesaria imputación de soberbia y pedantería hacia los ateos y escépticos (¿científicos?) que tristemente corresponde con la naturaleza de los comentarios que dicho artículo tiene en la web, varios de los cuales exponen formas posmodernas de resentimiento no solo contra la ciencia sino también contra los científicos, acusándolos de ignorantes, insolentes, vacuos, pseudocientíficos, salvadores de la humanidad, ridículos, sesudos y demás adjetivos. Por si no se han dado cuenta, los científicos han (o quizás deba decir hemos [14]) aguantado todo tipo de adjetivos provenientes de otros científicos, los cuales son recibidos con mayor aprecio y humor que los emitidos por filósofos que no tienen idea de cómo funciona la ciencia por más que hablen de ella.

Personalmente, no creo que la filosofía sea importante sino más bien los filósofos, y mejor aun si estos parten de la evidencia científica para responder aquellas preguntas que bien pueden ser científicamente inconmensurables –así estas solo hayan nacido de su propia cabeza. Y con esto no he querido decir que la filosofía sea absolutamente inútil (aunque gran parte de ella sí) pues, a fin de cuentas, considero que más que un método de verificación, contrastación, validación o aplicación, la filosofía es una forma de replantearse problemas cualesquiera sea su naturaleza. Parafraseando al pseudocientífico pero muy filosófico etnólogo Claude Lévi-Strauss en mención al totemismo (fenómeno del cual nadie sabía para qué servía), considero que la filosofía es “buena para pensar”.

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