Por qué el género no es un estereotipo: Respuesta a Javier Llopis de Altavoz

El 22 de mayo, el medio Altavoz publicó un artículo titulado “ABC de la ideología de género” [1] cuya autoría le corresponde a Javier Llopis y en el cual se afirma que sí existe una ideología de género: una que “obliga a un hombre a ser masculino y a una mujer a ser femenina”. No obstante, aunque estoy de acuerdo con el objetivo del texto (pues creo que determinadas religiones exponen mandatos morales sobre la conducta de los sexos), no lo estoy asimismo con sus reflexiones ya que, por más que Llopis crea referirse al concepto de género, en realidad, no lo hace:

Estimado lector: ¿cuándo fue la primera vez que te dijeron que no llorases porque los hombres no lloran? ¿Cuántas veces te han mirado raro por decir que prefieres un coctel a una chela? ¿Hace cuánto que te dicen que fútbol sí, pero ballet no? Estimada lectora: ¿cuándo fue la primera vez que te dijeron que no te pusieses una falda tan alta porque las señoritas no se visten así? ¿Cuántas veces te han mirado raro por decir que prefieres un conjunto a un vestido? ¿Hace cuánto que te dicen que ballet sí, pero fútbol no? Las cuestiones de género han estado en nuestro discurso desde siempre, solo que nunca las hemos llamado por ese nombre. Ahora que nos atrevemos a hacerlo, se abrió la Caja de Pandora. [el énfasis es mío]

Llopis sostiene que en nuestra sociedad existe un “prototipo de masculinidad” al que define como asociado a los siguientes elementos: “el color azul, el fútbol, la chela, los carros, la afición por las tetas grandes, el bullying, un fuerte apretón de manos, eructar, las lisuras”. Del mismo modo, sostiene que existe un “prototipo de feminidad” vinculado a los siguientes conceptos: “el color rosado, el baile, el esmalte de uñas, los vestidos, el pelo largo, el pudor, las Barbies, la afición por los bebés, la cocina, cruzar las piernas”. Aunque es correcto que el autor sospeche acerca de la existencia de una ideología de género, queda claro que el autor está hablando de “prototipos” (básicamente de estereotipos) y no del género como tal. A este respecto, un estereotipo es básicamente una idea o un modelo esbozado por alguien sobre determinada conducta. Pero esto no es todo; para que se forme un estereotipo, el sujeto tiene que realizar un proceso más: una generalización deductiva. ¿Y qué es esto? Tomemos como ejemplo el mismo caso que estamos analizando para resolver esta problemática.

Curiosamente, y desde hace un tiempo breve, algunas personas han considerado al género como aquello que la sociedad dice sobre cómo debe ser el comportamiento de hombres y mujeres; es decir, género vendría a ser algo así como normas de conducta dependientes del sexo. Sin embargo, ¿es esto cierto? ¿Es el género un conjunto de estereotipos, normas o prototipos? Y si lo fuera, ¿en qué legislación o normativa existen tales mandatos? ¿En el Perú existen? ¿Qué dice la investigación científica respecto del género y los estereotipos de género?

Los estudios que proponen diferencias de género (o de sexo) entre hombres y mujeres son muy diversos: algunos postulan diferencias a nivel de estructura neurológica [2] [3] [4] [5], mientras que otros que refieren a un plano conductual [6] [7] [8]. Otros se realizaron con bebés recién nacidos para así descartar la influencia cultural [9]. Algunos, más polémicos y menos concluyentes (ya que implican más variables), postulan diferencias de género en habilidades espaciales [10], competencias lingüísticas [11], preferencias lúdicas [12], preferencias profesionales [13], y hasta estilos de ejercer liderazgo [14]. Sin embargo, si algo es cierto, es que ninguna de tales investigaciones apela a cuestiones tan específicas como colores de ropa, bebidas alcohólicas, formas de saludar, problemas gastrointestinales, códigos lingüísticos, danzas, sentimientos de vergüenza, marcas de juguetes o al uso de determinado calzado, pues puede que todo esto sea ciertamente aprendido. Entonces, ¿a qué apelan dichas investigaciones para establecer diferencias entre hombre y mujer? Apelan, pues, no a la descripción específica de elementos asociados al sexo (fútbol, cerveza, cigarro, groserías, colores de camisa, eructos, etc.) sino a categorías mucho más abstractas y elementales: actividad/pasividad, dominancia/sumisión, provisión/nutrición o riesgo/prevención.

Evidentemente lo anterior no quiere decir que todos los hombres seamos automáticamente activos/dominantes/proveedores/arriesgados ni que todas las mujeres sean asimismo pasivas/sumisas/nutridoras/preventivas. Del mismo modo, esto tampoco significa que un hombre que use camisas rosadas sea femenino pues, independientemente de sus gustos, puede que lo haga para atraer al sexo contrario (ya que muchas mujeres muestran una fuerte inclinación por dicho color [15]). Sin embargo, distintas investigaciones científicas realizadas incluso en más de 50 países [16], defienden que amplias mayorías de varones y mujeres exponen características de género bastante asociadas a su sexo biológico, hecho que revela algo esencial: más allá de cualquier estereotipo de género, existe un fundamento biológico capaz de explicar por qué una persona siente y actúa tal como siente y actúa, es decir, hay una matriz biológica capaz de explicar su género [17]. En síntesis: cuando las muy distintas y variadas investigaciones sobre las diferencias neurocognitivas entre hombres y mujeres hablan del género, no hablan pues de estereotipos ni prototipos ni prendas de vestir sino de comportamientos empíricamente observables y mensurables que van más allá de lo señalado por Llopis y todo aquel que aborde la misma reflexión.

Ahora, volviendo a lo anterior ¿cómo es que se forman los estereotipos? Estos se forman cuando se cree que porque mayorías de hombres y mujeres exponen determinadas características, entonces la totalidad de sendas poblaciones debe exponerlas también. Y esto no sería nada más que una imputación incorrecta. Este ejercicio lógico, que invita asumir características mayoritarias hacia población minoritaria (o específica), es un claro ejercicio de generalización deductiva, pues se está generalizando, se está considerando como general, un conjunto de atributos (mediante deducción, de lo general hacia lo particular) de una población mayoritaria hacia una población minoritaria que bien puede, con todo el derecho del mundo, no tenerlos. Esta generalización deductiva es el componente final de todo estereotipo que invita a que como determinado grupo de hombres son insolentes y determinado grupo de mujeres son emocionalmente débiles, entonces todos los hombres deban ser insolentes y todas las mujeres asimismo emocionalmente débiles. Ahora, este hecho no tendría mayor trascendencia si es que tales imputaciones no mellaran el carácter de algunas personas, limitando el libre ejercicio de sus capacidades –hecho sin duda lamentable.

Si queremos definir para efectos prácticos qué es el género, diría que género es la manifestación comportamental del sexo biológico, generalmente asociado a la cultura pero no determinado por esta. En esta definición personal y momentánea, sostengo que el sexo biológico es el principal responsable del género como manifestación comportamental (es decir, como conductas, actitudes, elecciones, sentimientos, pensamientos, inclinaciones, etc.) mientras que la cultura (a lo que Llopis hace principal mención) apenas si lo permea o delinea. ¿Y por qué ‘apenas’? Porque nadie se vuelve dominante, sumiso, nutridor o proveedor por culpa de estereotipos que así nos lo demanden. ¿Alguien recuerda cuando fue la última vez que decidió volverse agresivo solo porque se lo encomendó un comercial de televisión, un banner publicitario o un compañero de parrandas? La cultura, a lo mucho, tendrá el poder de hacer que hombres vistan falda en determinados países (sin contar que tales sean signos de masculinidad) o que sean buenos bailando lambada (sin contar que la biología humana es ecológicamente maleable) pero esto no los vuelve femeninos ni mucho menos. Del mismo modo, es posible que una mujer empática, emocional, suave y nutridora sea un hecho interpretable como signo de feminidad (un estereotipo) en un país como el nuestro y esto es un hecho cultural, pero la delicadeza comportamentalmente expresable (género) y presente en dicha mujer es un fenómeno biológicamente explicable [18]. Uno nace con un fundamento biológico complejo y específico (a veces, problemático) que nos determina, en última instancia, a actuar de determinada manera. ¿Y dónde entra la cultura en todo esto? La cultura es el manto colorido que envuelve todo dándole sentido a nuestras actitudes y, finalmente, el cemento con el que se arman los estereotipos. La cultura pesa pero no atraviesa.

No es incorrecto, pues, afirmar que la mayoría de hombres y mujeres, de formas muy evidentes, exponen una fuerte inclinación hacia su género respectivo; lo incorrecto sería decir que porque tales mayorías lo exponen, todo el mundo deba exponerlo. Y esto es lo que tanto Llopis como yo denunciamos. No obstante, la diferencia radica en que Llopis considera que tales diferencias comportamentales son necesariamente resultado de una impuesta ‘ideología de género’ y que reconocerlas pudiera ser indicio de ‘sexismo’, mientras que yo -al igual que el psicólogo Simon Baron-Cohen [19] y la neurocientífica Debra Soh [20]– considero que tales diferencias no necesariamente son resultado de una imposición ideológica sino la expresión de un fundamento biológico y que, por tal razón, no es sexista el admitir que existen diferencias entre hombres y mujeres porque, de hecho, estas existen. En resumen: todas las investigaciones científicas exponen que una cosa es el género y otra cosa son los estereotipos; que una cosa es el plano empírico (género) y otra cosa es el plano cultural (lenguajes, normas, estereotipos, prototipos); y, finalmente, que una cosa es lo que el género es y otra cosa, lo que se dice sobre el género.

Aquí podría venir la réplica: “Oye, pero ¿dicho por quién? ¿Quién dicta lo que debe ser el género?” A decir verdad, cualquiera. El género no pueden ser los estereotipos de género porque estos se forman prácticamente por cualquier cosa que alguien diga sobre alguna conducta, de modo que se crearían categorías por montones. Aquellas más de 50 categorías asociadas a la noción de “identidad de género” [21] pueden fácilmente constituir estereotipos de género con mayor fidelidad que lo expuesto por Llopis. Puede haber cientos y hasta miles de estereotipos de género en distintos lugares del mundo y hasta en un mismo país, sin embargo, esto no hace que se transforme el género de hombres y mujeres –los estudios que, más o menos, así lo defienden son difíciles de replicar dado su carácter azaroso [22]. Puede que tales estereotipos nos impulsen a realizar actividades muy específicas en momentos muy específicos (sobre todo para probar la masculinidad o feminidad de forma ritualística y ante ciertos grupos de pares) pero esto no hará que tu biología mute a un nivel significativo como para decir que la cultura moldea al género. Por este tipo de cuestiones, el género NO ES una construcción cultural. Los estereotipos de género sin duda lo son, pero el género como tal no lo es bajo ninguna evidencia. Puede que esta sociedad “heteropatriarcal” (a decir de Llopis) obligue a los hombres a ser masculinos y a las mujeres a ser femeninas pero esto no contradice el hecho de que los hombres son mayoritariamente masculinos y las mujeres son mayoritariamente femeninas. Y si algunas personas no lo son, les aseguro que se trata asimismo de casos biológicamente explicables pues, como bien se sabe, tanto los andrógenos como los estrógenos son capaces de producir -bajo ciertas circunstancias- una serie de comportamientos específicos dignos del sexo contrario [23].

Finalmente, estimado Javier, no considero que Simone de Beauvoir sea un referente académico de peso para estos debates, ya que su obra más importante, El segundo sexo, fue publicada en 1949, es decir treinta años antes de que se estableciera toda esta oleada científica sobre las diferencias de género y sexo. Hay, pues, un desfase tremendo entre lo que dijo una pensadora feminista vinculada con la pedofilia, la misoginia y el régimen Nazi [24], respecto de las investigaciones científicas actuales. Y, a decir verdad, tampoco considero que los llamados ‘estudios de género’ constituyan un referente científico sólido sobre esta temática pues muchas de sus propuestas (sobre todo las de la ‘construcción cultural’ del género y la de la igualdad neurocognitiva entre hombres y mujeres) simplemente van en contra de toda evidencia científica [25] [26]. Quizás por esta innata poca rigurosidad es que el filósofo Peter Boghossian y el matemático James Lindsay lograron que una revista de estudios de género publicase un artículo de absoluta parodia [27] al fiel estilo de Alan Sokal [28].

Espero esta respuesta se dé por servida.

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