Contrarréplica a “¡Avísenle a la ciencia (o más bien al cientificismo) que la filosofía sigue viva!: Respuesta a críticas epistemológicas “miopes”” de Dante Urbina

El 27 de julio del presente año, el economista Dante Urbina elaboró una réplica a mi crítica, en la que problematicé una propuesta suya: el hecho de que la ciencia no podría seguir existiendo si es que acaso la filosofía hubiere muerto. Pues bien, aunque hubiera preferido que la respuesta se hiciera directamente a mi crítica y no a través de un intermediario -como consta en su réplica-, intentaré responder los argumentos propuestos por Urbina con la finalidad de llegar a buen entendimiento. Mi interés, más que “destrozar punto por punto” (como califica Urbina a su propia ‘metodología’) un argumento, es el establecimiento de un diálogo que permita profundizar una temática siempre polémica: ¿ciencia o filosofía?

No obstante, antes de pasar a la contrarréplica, vale la pena elaborar una síntesis de la discusión sostenida.

En su primer artículo, Urbina postuló 5 razones por las cuales la ciencia depende de la filosofía. Las razones son, transcripción textual mediante, las siguientes:

a) “Primero, toda la ciencia depende de supuestos cuya demostración o dilucidación es exclusivamente filosófica”. Para ello, Urbina utiliza el ejemplo del físico que asume o presupone filosóficamente la existencia real de la realidad [sic], por tanto, refiere a la filosofía aun sin darse cuenta.

b) “Segundo, toda la ciencia ha de estructurarse necesariamente en términos lógicos”. Aquí Urbina refiere a que la ciencia debe ceñirse a la lógica, parte de la filosofía.

c) “Tercero, la ciencia requiere de la filosofía para definirse a sí misma”. Para Urbina, el problema de la demarcación (que define a la ciencia) es esencialmente filosófico, ya que hace referencia a la epistemología, rama de la filosofía.

d) “Cuarto, la ciencia depende de la filosofía en cuanto esta última permite organizar racionalmente el marco conceptual e interpretativo en que se basa la primera”. Según Urbina, “no hay observaciones ateóricas”, de este modo, “la dilucidación respectiva debe estar fuera de la ciencia”, es decir, en la filosofía.

e) “Quinto, toda la ciencia funciona y se desarrolla en términos de valores epistémicosimplicados en ella en todo momento”. Urbina afirma que conceptos tales como los de “verdad, certeza, consistencia, simplicidad, objetividad, poder explicativo, poder predictivo” no son de procedencia científica sino “categorías eminentemente filosóficas” con “fuerte carga valorativa”.

Finalmente, haciendo referencia al lenguaje generalizante de Urbina (pues constantemente dice “toda la ciencia” sin mediar en posibles excepciones), mi crítica respondió sus afirmaciones de la siguiente manera:

a) No existe una demostración o verificación propiamente filosófica y, de existirla, no sería de inmediata dependencia científica, ya que la verificación mayormente utilizada por la ciencia es la empírica. La mayoría de métodos y técnicas utilizados por la ciencia no tienen por interés conocer ni asumir ni presuponer si la realidad es real [sic] pues basta con medir sus características y explicar sus mecanismos.

b) No toda ciencia se estructura en términos lógicos si es que (i) entendemos ‘lo lógico’ como un sistema de saberes que sobrepasan la llamada ‘estructura lógica de las teorías’ (por ejemplo, la elaboración de sistemas axiomáticos) y (ii) entendemos por ‘ciencia’ a todo conjunto de saberes que siguen el método científico (inclusive si comprende todo su proceso o solo una etapa). A este respecto, agrego ahora, hubiera sido mejor que Urbina afirmase que toda ciencia se estructura en términos lingüísticos (que, dicho sea de paso, es también parte componente del aspecto lógico de una teoría), ya que lo lógico comprende otras cuestiones más complejas que van más allá del simple ordenamiento coherente de premisas. Todos estamos de acuerdo en que la ciencia se estructura en términos lingüísticos (lo que Urbina entiende por ‘lógico’) pero no necesariamente en términos lógicos per se (algo que va más allá de lo señalado por Urbina).

c) La ciencia puede, de facto, evaluarse a sí misma, ya que la crítica (no necesariamente epistemológica) es un componente activo de la investigación científica y esta es realizada tanto por epistemólogos como por científicos –estos últimos ejecutan su labor científicamente (echando mano de verificación empírica y demás estrategias científicas) y no siempre filosóficamente.

d) De hecho existen observaciones ateóricas (aunque suene redundante) pues son las técnicas de investigación los recursos encargados de obtener información científica sin contaminarla teoréticamente. Aun así, de no existir, nada señala que la ‘dilucidación’ científica sea enteramente un asunto filosófico.

e) Calificar a conceptos como los de certeza, objetividad, poder explicativo y poder predictivo como “categorías eminentemente filosóficas” puede dejar de lado el reconocimiento de que, en realidad, tales categorías son científicas ya que refieren a hechos empíricos y a un método científico. Pregunto, ¿a qué filósofo le interesa el poder explicativo o predictivo de sus argumentos? ¿Existen teorías predictivas en la filosofía para determinados fenómenos o este atributo se muestra únicamente en la ciencia?

Finalmente, ¿establecen, las cinco propuestas discutidas por Urbina, una relación de cuasidependencia entre filosofía y ciencia? En base a mis argumentos, diría que no. Haciendo a un lado el lenguaje generalizante de Urbina, quien siempre habla de “toda la ciencia”, el economista ignora que la ciencia tiene un proceso, etapas, niveles, métodos y técnicas bastante particulares que escapan de su perspectiva absolutista. Por esta razón, se podría decir que Urbina tiene un enfoque ideal sobre la ciencia, más que uno empírico y bajado al llano. Puede haber científicos leyendo filosofía o haciendo ciencia sobre ‘presupuestos filosóficos’ pero ambos casos no son suficientes como para decir que sin filosofía no habrá ciencia. He aquí realmente un non sequitur pues la propuesta de Urbina cae por especulativa y por carecer de evidencia. Queda claro que no niego la importancia de la filosofía en sí misma (¡alguna importancia debe tener!), sino en relación a la ciencia, y sobre todo en mención a una relación de cuasidependencia. Si la filosofía muere, la ciencia seguirá viva. De ahí que mi crítica se titule “Si la filosofía está muerta, avísenle a la filosofía”, ya que solamente a la propia filosofía y a los propios filósofos su muerte les resultaría catastrófica.

Una vez sintetizada la discusión previa, toca ocuparse de lo expuesto por Urbina en su réplica. Empleando el mismo estilo, analizaré las premisas para considerarlas de forma ordenada aunque, debo aclarar, que más que un texto nuevo, lo que sigue constituye más bien una aclaración de lo dicho previamente, casi repitiendo la misma estructura, pues la réplica del economista, en vez de apuntar al centro del debate, se va por las tangentes.

1. Sobre la verificación propia de la filosofía.

Urbina declara:

En ninguna parte de mi artículo digo que la filosofía sirva por sí sola para verificar ni mis argumentos dependen de tal suposición. Para que no haya equívocos tengamos en claro lo que significa la palabra “verificar”. En epistemología (que es el contexto pertinente a lo aquí tratado), la “verificación” se define como “el uso de datos empíricos, observaciones, pruebas o experimentos para confirmar la verdad o justificación racional de una hipótesis” (1). Dado esto, es claro que corresponde al método científico. En consecuencia, criticar a la filosofía por no poder verificar (en el sentido referido) por sí misma algo como una reacción química es tan tonto como pretender criticar a la ciencia por no poder establecer cuál es el sentido de la vida. Hay que saber distinguir los rangos epistemológicos. Si alguien le pide “peras al olmo” y el olmo no le da peras la culpa no es del olmo sino de ese alguien… Por tanto, así como yo no le pido demostraciones filosóficas a la ciencia, tampoco estoy suponiendo ni requiero que la filosofía haga demostraciones científicas… (citado aquí)

Para empezar, es fácilmente apreciable que en mi texto tampoco afirmo lo que Urbina señala. Yo no sostengo que la ciencia sea la única forma de verificación existente a despecho de la filosofía, pues lo que digo realmente es que las formas de verificación filosófica, de existirlas o no, le importan poco a la ciencia ya que esta tiene las suyas propias y funcionan bastante bien. Ergo, una relación de cuasidependencia es insostenible. Justificar la pertinencia científica de la filosofía mediante la afirmación de que esta última sirve como “vía de conocimiento” es más bien laxo, ya que recursos como los de la inducción, la deducción o la inferencia (indicados por Urbina) son de entera usanza científica –se aplican científicamente mostrando así una fuerte correspondencia con la actividad científica. Sin embargo, si de ‘destrozar punto por punto’ se trata, aquí todos nos preguntamos cómo de la siguiente premisa elaborada por el supuesto intermediario…

Para empezar, respecto de tu afirmación de que la ciencia depende de la lógica, enmarcada en su esencia dentro de la filosofía, se te critica que la filosofía no puede verificar nada por sí misma, sino que para ello depende de la ciencia… (citado por Urbina, aquí)

Se pueda concluir que…

En ninguna parte de mi artículo digo que la filosofía sirva por sí sola para verificar ni mis argumentos dependen de tal suposición… (citado aquí)

No lo dije en mi texto ni lo dice el supuesto intermediario. Sin embargo, recordemos el centro de la discusión: se está problematizando una relación de cuasidependencia entre filosofía y ciencia establecida por el mismo Urbina, y quién mejor que él para expresar este punto:

Pensar que la ciencia puede seguir viva al mismo tiempo que la filosofía está muerta es una grandísima estolidez pues si la filosofía muere, la ciencia también muere. La ciencia no puede sobrevivir sin la filosofía. (citado aquí)

No creo que haga falta mayor aclaración sobre el énfasis de sus palabras. Es más, en una parte Urbina menciona a la “inferencia filosófica” y la “experiencia mística” como “vías distintas al método científico” y hasta acusando de “positivista” a quien cuestione tales ‘vías’. A este respecto, mantengo mi escepticismo pues la filosofía puede tener, prestar o robar los métodos que quiera pero estoy bastante seguro de que la ciencia no morirá si los científicos rehúsan a vivir ‘experiencias místicas’. Por otro lado, tampoco considero acertado que decir ‘la filosofía no sirve a la ciencia’ sea asimismo una afirmación filosófica, ya que es una afirmación que toma como referente la evidencia científica y la prestancia del método científico. Por más que caracterizaciones generales sobre la ciencia luzcan filosóficas justamente por lo categóricas no significa que se trate de reflexiones filosóficas per se. Señalar esto constituiría una trampa retórica bastante aguda aunque indefensa frente al ojo sagaz. Para que una propuesta sea filosófica no basta que sea categórica en su formulación sino que parta de evidencia filosófica y persiga su establecimiento.

Ahora, lo que es ciertamente curioso es que Urbina tiene razón en reconocer que no se le puede pedir a la filosofía lo mismo que a la ciencia, ya que se trata de asuntos distintos. Y esto es algo que yo había insinuado en un inicio. Dicho esto, si filosofía y ciencia son tan distintas ya que responden a distintas reglas y objetivos, ¿por qué establecer una relación de cuasidependencia entre una y otra? ¿Por qué decir que una no puede vivir sin la otra? Y es que, a este respecto, en Urbina se observa un sutil giro en la argumentación pues, en una primera instancia, defendió una relación de cuasidependencia mientras que, en última instancia, postula diferencias irreconciliables mediante la frase ‘no le pidas peras al olmo’. Digo yo, si lo discutible de la filosofía respecto de la ciencia no fuese su capacidad de comprobación (sea de supuestos o de hechos), ¿para qué se les discute siquiera? Es justamente cuando colocamos a ciencia y filosofía en una relación de cuasidependencia, cuando nos percatamos de que por más que la filosofía sea autosuficiente en sí misma, no lo será en relación a la ciencia. La filosofía puede seguir viva, enfermarse o morir, puede tener sus propios métodos de comprobación o tomarlos prestados de otras disciplinas, pero esto a la ciencia le tiene sin cuidado justamente porque ambas se ocupan de cosas distintas mediante estrategias diferentes. En mi crítica yo había sugerido esto pero parece que Urbina, por leer a terceros, no lo consideró. La única razón, el único motivo, por el cual distintos corpus de conocimiento habrían de tener una discusión mediante una relación de cuasidependencia (“la ciencia muere si la filosofía muere”, tal como lo planteó Urbina), es a razón de su capacidad comprobadora. Ahora, dado que el mismo Urbina declara que filosofía no es lo mismo que ciencia, la discusión de su relación queda automáticamente desactivada al punto de desdecir lo que el mismo Urbina sostuvo en su primer texto pero manteniendo mi argumento inicial sano y salvo. El día que Urbina se ponga de acuerdo si ciencia y filosofía son, en primer lugar, entes comparables, podemos discutir si una depende de la otra.

2. Sobre lo lógico.

Urbina sostiene:

En mi artículo digo que la ciencia requiere de la lógica, sí, ¡pero en ningún momento digo que basta con la formalización lógica para que una teoría sea científicamente válida! […] cualquiera que haya leído mi trabajo sabe que yo rechazo claramente el que una teoría se pretenda científica si es que solo tiene formalización lógica pero no evidencia empírica. (citado aquí)

Aquí nuevamente Urbina afirma algo que mi texto no señala y que, ante cualquier confusión, previamente he aclarado. Lo que Urbina llama “naturaleza omniabarcante de la lógica” coge verdad en tanto potencia y no en tanto condición. Tal como dije previamente, Urbina comprende lo lógico como únicamente lo lingüístico (pues no hay mayor aclaración) y aunque es cierto que lo lingüístico forma parte de lo lógico (pues encarna lo proposicional), no se reduce a ella. Lo lógico comprende cuestiones que superan lo lingüístico pues, como señalé, van más allá del simple ordenamiento coherente de premisas. A este respecto, buena ciencia existe sin un ápice de análisis lógico (y por ‘lógico’ me refiero no solo a lo lingüístico), a menos que le llamemos lógica a cualquier proposición gramatical. Queda claro que cuando yo hablé de lógica no lo hice únicamente en su sentido proposicional sino en su sentido verificativo. La primera utilidad de la lógica, al representar sistemas lingüísticos, es ciertamente omnipresente, no obstante, la segunda es más bien opcional. El problema en el argumento de Urbina es que no aclara bien a qué se refiere: si a lo lingüístico de la lógica o si a la lógica como un todo. Sea como fuere, mi postura es clara.

3. Sobre la observación ateórica.

Urbina declara:

Del que los hechos del mundo sean ateóricos (en el sentido de que son lo que son independientemente de cualquier teoría o posible teoría) no se deduce necesariamente que nuestras observaciones de los mismos sean ateóricas. Que uno observe algo no hace de por sí que su observación misma tenga las propiedades de ese algo (por ejemplo, puedo observar un objeto de vidrio sin que yo o mi observación estemos hechos de vidrio). (citado aquí)

Más allá del extraño ejemplo, vuelvo y repito algo que Urbina no ha considerado correctamente: la naturaleza de las técnicas, de común usanza en investigación científica. Una técnica permite una observación ateórica ya que se aplica cuando el investigador no tiene idea de lo que aprehenderá. Es cierto, como declara Urbina, que “el sujeto tiene […] subjetividad, y es ahí donde desde ya está influenciado por teorías, hipótesis, prejuicios, experiencias previas, ideologías, presupuestos filosóficos”, sin embargo, es justamente por esta razón por la que se emplean técnicas, las cuales encarnan y facultan el primer paso -el más básico- de la investigación científica: el recojo de datos. Las observaciones son ateóricas en el sentido que son observaciones y no conjeturas ni hipótesis ni teorías ni presupuestos ni experiencias previas. Urbina dice “la observación, al ser un acto que surge del sujeto […], se da necesariamente en un contexto de subjetividad” pero afirmaciones como estas no encuentran correlato empírico. Suenan bien y son convincentes pero o no tienen evidencia o es imposible probarlas.

Imaginemos, por ejemplo, el caso de un antropólogo que descubre en una región de Oceanía a una cultura de la que antes no se tenía registro alguno. Cuando él observe a esta cultura, ¿su observación será absolutamente ateórica? Pues no. El grupo humano que allí encuentre es independiente de cualquier teoría, pero no la observación que se haga del mismo, pues esta estará inevitablemente cargada de subjetividad (que, repito, no es lo mismo que “arbitrariedad”). En efecto, ya el solo hecho de usar (aunque solo sea en la mente) categorías como “grupo humano” o “cultura” implica una carga teórica previa. Y una vez que el investigador identifique al grupo como “humano”, influirán -quiérase o no, de modo implícito o explícito- sus juicios previos sobre si los seres humanos son religiosos por naturaleza o por construcción social, si son más cooperativos o competitivos, si su lenguaje es innato o aprendido, etc. (citado aquí)

El ejemplo propuesto por Urbina es simplemente iluminador, dado que utiliza como referencia a la antropología –profesión de la que soy bachiller. A lo visto, solo cabe señalar que cualquier etnografía correctamente realizada es ateórica en tanto únicamente describe sucesos y datos –razón por la cual algunas veces son hasta aburridas de leer. Los fenómenos descritos pueden remitir a conceptos tales como ‘grupo humano’ o ‘cultura’ pero cualquiera sabe que estos conceptos no significan nada ni teorizan nada. Fue justamente un impasse como este el que posibilitó el debate entre Noam Chomsky y Daniel Everett, pues mientras el primero creía que el lenguaje es universal, el último consideraba que los pirahã no tenían un lenguaje per se pues su sistema comunicacional carecía de recursividad –principal propiedad del modelo chomskyano. ¿Cómo llegó Everett a tal conclusión? Observando ateóricamente los códigos pirahã en vez de calificarlos a priori como un lenguaje propiamente dicho. Discusiones como estas son pan de cada día en antropología, de modo que para poder llegar a conclusiones que problematizan si determinado concepto (en base a su definición) es pertinente para ser extrapolado, hace falta la realización de observaciones ateóricas.

No obstante, valga aquí una aclaración. De manera semejante a cómo Urbina concibe lo lógico, también concibe lo teórico de forma reducida pues parece (digo ‘parece’ por falta de aclaración) que por ‘teoría’ Urbina refiere a aquellos conceptos previamente mencionados (“teorías, hipótesis, prejuicios, experiencias previas, ideologías, presupuestos filosóficos”) que encarnan algo así como un estado de la cuestión bastante laxo (lo que él identifica como ‘subjetividad’); mientras que yo empleaba dicho término en su acepción más original: como sistema proposicional explicativo. Aun así, considero que elementos tales como prejuicios, experiencias, ideologías o presupuestos filosóficos tienen poco o nada de teórico, si es que entendemos teórico en su definición real. El término ‘subjetividad’ representa bien ese conjunto de conocimientos previos mucho mejor que si los rotulamos como ‘teoría’ pues ninguna subjetividad es teórica. Aquí Urbina utiliza el término ‘teoría’ de forma muy ligera pues solo así su argumento encuentra solidez. Pregunto entonces, para ambos casos: en primer lugar, ¿decir que un grupo humano tiene cultura es una aseveración teórica o más bien descriptiva? Y, en segundo lugar, ¿partícipe de qué teoría te vuelve afirmar que todo grupo humano tiene cultura? Cualquier introspección antropológica de primera mano utilizará esos conceptos como referentes pero estará listo para desecharlos cuando sea necesario. ¿Existen, entonces, observaciones ateóricas? Desde luego, léase cualquier informe estadístico en el cual no se afirme nada sobre el mecanismo de algún fenómeno (lo teórico per se) y solo se describa lo observado. ¿Qué mecanismo de qué fenómeno explica el hecho de que en Lima haya más de 9 millones de habitantes (dato para el que se aplicaron técnicas: encuestas)? ¿Ese dato observacional y ateórico en sí mismo y por sí solo es capaz de explicar algo sobre dinámicas poblacionales urbanas? ¿Es, acaso, teórico? ¿El solo dato ‘más de 9 millones de habitantes’ explica las dinámicas de la población limeña o hace falta una verdadera explicación teórica que haga uso de ese mismo dato, lo combine con otros y refiera a teorías y métodos? Queda claro que de darse esta última opción, el dato se difuminaría pues pasaría a formar parte de una hipótesis o una teoría. Y estas, al ser explicativas, son teóricas. El dato en sí mismo, no lo es.

Tomando nuevamente como referencia lo dicho por Urbina (“[p]recisamente por eso es que dos investigadores que observan exactamente lo mismo ¡dan descripciones distintas de ello!”), cualquier investigador de cualquier marco teórico o perspectiva acordarán al unísono que Lima tiene más de 9 millones de habitantes -¿por qué?- porque se trata de un dato observacional común y teóricamente aséptico –a menos claro que llevemos la argumentación hacia un extremo derrideano para decir que incluso términos como ‘habitante’, ‘millones’ o ‘9’ son teóricos ya que ‘teoría’ incluye a experiencias previas, prejuicios y subjetividad para finalmente señalar que todo es teórico y como todo es teórico entonces nada lo es. Aclaro que no seré yo quien argumente de esta manera.

De otro modo, dice el economista que “las encuestas y entrevistas desde ya implican un posicionamiento previo”, sin embargo, pregunto: ¿qué clase de posicionamiento teorético adquiere alguien que se pregunta cuántos habitantes tiene Lima, cuántas familias tienen acceso a servicios sanitarios o de qué color es el logo de determinada empresa? Y, para ser más enfático y evitar salidas argumentativas por ‘lo que no se dijo’, ¿de qué teoría forma parte alguien que solo obtiene datos por realizar únicamente observaciones? Tales “supuestos teóricos” a los que Urbina alude en mención al muestreo, son solo eso: supuestos –supuestos que no teorizan nada sino simplemente permiten un mejor acceso al fenómeno observado mediante el ‘lance’ de conjeturas. Valga aclarar, que el muestreo es fácilmente una de las técnicas ‘menos técnica’ y, por esa misma razón, más criticable, ya que el muestreo no solamente extrae datos sino que también los estructura y caracteriza de forma a priori. Aun así, la cosa no es tan simple: ¿qué cosa teoriza el muestreo por conveniencia? ¿Acaso nos dice algo sobre determinado fenómeno la sola aplicación de esta técnica en ese formato o es que, para que ello ocurra, hace falta acompañarlo de teoría de verdad, razonamientos y mucho más datos? Si el muestreo como técnica admite errores por invasión teorética a priori, esto significa que las observaciones ateóricas son posibles dentro de condiciones específicas. Queda claro, además, que ‘perspectiva teórica’ o ‘supuesto teórico’ no son lo mismo que defender un marco teórico específico. Dato no es lo mismo que teoría pues, a decir de lecciones básicas de epistemología, una teoría no es un conjunto de datos, ni tampoco lo son los prejuicios ni la subjetividad de investigador. Si dato no es teoría entonces es ateórico, es decir, que surgió de una observación ateórica por la sencilla razón de que no existen observaciones teóricas. La observación no depende de la teoría. Perspectivas o supuestos los tenemos todos pero es justamente responsabilidad del investigador hacerlas a un lado para evitar ‘contaminar’ el fenómeno observado y, para ello, remite a técnicas. Pregunto ahora: ¿tiene o ha tenido, la filosofía, alguna relevancia en esta discusión? El lector sabrá juzgar.

4. Sobre el concepto de verdad.

Declara Urbina:

Acusarme de estar dejando de lado el plano empírico por afirmar el aspecto normativo de la noción de “verdad” es, nuevamente, una falacia de hombre de paja. Sería correcta dicha acusación si en mi artículo dijera que la verdad es una noción única y exclusivamente normativa y no descriptiva. Pero lo que en realidad expreso es que no es una categoría meramente descriptiva sino también normativa lo cual no solo no niega el que le reconozca su carácter descriptivo ¡sino que implícitamente lo afirma! […] si no es falacia de blanco móvil es al menos falacia del pez rojo en el contexto de una crítica a mis planteamientos el siquiera mencionar como errónea la pretensión de que para probar un hecho empírico baste la formalización lógica pues no sostengo ello y no hay ninguna parte del artículo original que implique de por sí tal cosa. (citado aquí)

Aquí nuevamente valga señalar que Urbina afirma algo que yo no afirmo pues no se le ha acusado de preferir un tipo de comprobación por sobre otro. Cualquiera que lea mi crítica directamente podrá notarlo. Lo que yo sostuve es que privilegiar una definición formal del concepto de verdad (mediante el rótulo “categoría eminentemente filosófica”) puede dar la impresión de que se está dejando de lado el otro aspecto: el empírico. Si alguien define al concepto de verdad como ‘eminentemente’ filosófico, por semántica su aspecto no-filosófico (empírico, científico) es todo menos eminente. No creo necesario recurrir a la RAE para demostrar este punto. Ahora, si para Urbina el concepto de verdad es ‘eminentemente filosófico’, ¿le será útil a la ciencia si es que ciencia y filosofía son tan diferentes como él propuso previamente? ¿De qué le sirve a la ciencia una definición de verdad ‘eminentemente filosófica’, es decir, mayormente formal y normativa, y no tanto empírica? La ciencia, en tanto despliegue de métodos y reglas, puede ser formal y asimismo normativa, pero es eminentemente (y ahora sí uso bien el término) empírica y fáctica. Por ello, una definición eminentemente filosófica de verdad le es inservible. Si Urbina no hubiera querido decir que el concepto de verdad es ‘eminentemente filosófico’ y ‘no meramente descriptivo’, ¿no hubiera sido más exacto decir que es un concepto tanto empírico como filosófico? Sea como fuere, a la ciencia le interesa su aspecto empírico, más que cualquier otro sean estos eminentes o no. Caracterizar a la verdad (o a la certeza, la consistencia, la simplicidad, la objetividad, al poder explicativo o al poder predictivo) como ‘eminentemente filosófica’, más allá de que se trate de una imputación enteramente discutible, le importa poco a la ciencia.

5. Sobre la pertinencia de la física como modelo de cientificidad.

Urbina defiende:

[…] cabe precisar que quienes verdaderamente saben epistemología suelen considerar a la física como la ciencia más avanzada no simplemente porque haga más formalización lógico-matemática sino porque, en lo que constituye propiamente su corpus (no se incluye aquí a las meras hipótesis especulativas), sus formalizaciones se corresponden con la realidad empírica y realizan predicciones bastante específicas y exactas (por ejemplo, las teorías especulativas de Einstein no fueron consideradas propiamente científicas hasta que se comenzaron a comprobar asombrosas predicciones de las mismas en torno a 1920). (citado aquí)

Tanto en la crítica realizada a Urbina como en otro texto donde desbaraté la idea de que las ‘ciencias sociales no son científicas’ se citó un artículo publicado por el professor emérito de matemática aplicada, George Ellis, y el astrofísico, Joseph Silk en Nature, en el cual fueron los mismos especialistas quienes problematizaron los problemas de cientificidad que muestra cierto sector de la física teórica contemporánea por privilegiar el aspecto formal antes que el empírico. Por esta razón, a la luz de los últimos sucesos, en ambas críticas argumenté que se debía tener sumo cuidado antes de considerar a la física como modelo de ciencia ideal pues este recurso hace referencia a una realidad bastante alejada. Ahora, como bien sabe Urbina, solo únicamente los fenómenos empíricos pueden ser predichos mediante teorías basadas en datos empíricos. Como quiera que fuere, señalar a la física como modelo de ciencia ideal debe generar discusiones profundas y actualizadas acerca de dicha pretensión –discusiones que, al fin y al cabo, ya que hablamos de evidencia empírica y método científico, son discusiones científicas y no filosóficas.

6. Sobre epistemología y ciencia.

Urbina postula:

La mayor parte del tiempo los presupuestos filosóficos son implícitos en el debate científico pero al mismo tiempo inescapables pues […] cuando dos científicos discuten teorías contrarias, si su discusión va verdaderamente a fondo, terminarán discutiendo sobre epistemología, que es una rama de la filosofía. (citado aquí)

Creo que no es necesario demostrar que, si bien gente como Popper, Kuhn, Lakatos o Bunge son referentes importantes en epistemología, no podemos considerarlos científicos de renombre. Serán científicos de formación pero su labor fue eminentemente (y en algunos casos únicamente) epistemológica. Todo ello, claro está, haciendo caso omiso de que para gente como Popper, Lakatos o inclusive Feyerabend, el tal Thomas Kuhn no sería buen ejemplo de nada, ni de científico ni de epistemólogo. Basta nomás con descubrir lo que ocurrió en el famoso Coloquio de filosofía de la ciencia celebrado en Londres en 1965, reseñado en aquel libro Criticism and the growth of knowledge, editado por Imre Lakatos y Alan Musgrave. El rótulo “los más grandes epistemólogos” es erróneo desde mi perspectiva pues, de hecho, los más importantes científicos (incluso los de divulgación) están bastante alejados de la filosofía. Nadie que no quiera ser identificado como filósofo debería ser llamado como tal simplemente porque haga mención implícita a determinado presupuesto filosófico del cual ni siquiera consciente, si es que sus métodos no son enteramente filosóficos. Esto Urbina lo acepta pero parece que no lo digiere por completo.

Finalmente.

Presiento que algunas de las aseveraciones de Urbina provienen de alguien que habla mucho de ciencia pero que parece no conocerla de cerca –algo que es muy común en muchos epistemólogos. Cualquier investigador joven sabe que la crítica teórica, aunque forme parte de la investigación científica, no constituye la actividad per se. Problemas de este tipo los he visto cuando uno se vuelve ‘especialista’ sin antes haber sido asistente. A este respecto, ni un Karl Popper (con más de medio siglo de desfase epistemológico respecto del status científico actual, aunando a ello su falsacionismo ampliamente criticado justamente por no poder dar cuenta de problemáticas actuales) o un Gaston Bachelard (con casi un siglo de desfase encima y quien, por cierto, defendía un racionalismo aplicado) podrán decir algo relevante sobre problemáticas científicas actuales. Yo no me sentiría cómodo al lado de pensadores que no vieron ni por asomo los problemas epistemológicos contemporáneos simplemente porque fallecieron antes de verlos. Aquí lo que valen son los argumentos, no los nombres.

Quizás hubiera sido mejor que Urbina responda directamente mi artículo pues su interpretación tergiversa la naturaleza de mis argumentos, haciéndolos lucir como si no supiera de lo que hablo, generando que el economista los calificara de “miopía” y cometiera errores de enfoque. Todo esto sin contar que tanto el supuesto mensajero como el mismo Urbina apenas atienden a ciertas partes de mi crítica, dejando por fuera otros aspectos tales como la existencia de la mala filosofía, la errónea interpretación de la premisa de Hawking, el problema de la causalidad, el tema de la realidad real [sic], la pertinencia del rótulo ‘verificación’ lógica, la posibilidad de una filosofía (o una epistemología) basada en evidencia científica, la caducidad de la teoricidad, la utilidad de la filosofía en el establecimiento de claridad conceptual, la absoluta generalización de la ciencia (y también de la filosofía), el gratuito rótulo de ‘positivista’ e inclusive desatendiendo al problema central de mi argumento, y es que nada indica que exista una forma concreta para justificar una deuda filosófica hacia la ciencia:

[…] en esta discusión existe un truco retórico aun mayor: decir que cualquier cosa a la que haga mención la actividad científica (sea mayúscula o minúscula o sea consciente o inconsciente) es de origen filosófico, será suficiente para establecer inmediatamente una relación de necesidad entre ciencia y filosofía. Basta con que algún científico recién graduado refiera a algún concepto de presumible procedencia filosófica (o que la entera comunidad científica lo haga) para que se diga, sin mayor temor, que no existe ciencia sin filosofía y que todos, sin excepción alguna, hacemos filosofía. […] No afirmo aquí que la filosofía esté muerta, sino solo apenas estipulo que esto es irrelevante para la ciencia. (citado aquí)

¿Dónde quedaron la ética y la rigurosidad? ¿No era mejor verificar que tales argumentos tenían nombre y apellido en vez que ejecutarlas mediante un supuesto intermediario? A este nivel no sé si Urbina le responde a Morales por lo que Morales dijo o si le responde al intermediario según lo que este cree que dijo de Morales hacia Urbina o si Urbina y el intermediario son la misma persona. Y todo esto va acompañado de incisivas menciones a distintas falacias que presumiblemente contiene mi argumento (hombre de paja, pez rojo, blanco móvil, non sequitur, etc.) así como de la elaboración de conjeturas aunque de evidencia empírica hay muy poco. Asumiendo que Urbina no hizo su tarea como era debido, es fácilmente destacable que la verificación formal es un peligro si no está acompañada por la verificación empírica tan solo observando cómo se ha gestado esta discusión, pues Urbina recurre a presupuestos lógicos antes que a evidencia empírica. Y, cabe destacar, que el economista recurre a estas estratagemas retóricas no solo en esta discusión sino también en otras donde el criterio empírico debería mandar por sobre todas las cosas –por ejemplo, en temas como la existencia de dios, donde a Urbina no le interesa probar su argumento sino probar que la contraparte no puede probar el suyo, para así erigirse como ganador por walkover (inteligente recurso, sin duda, nada honesto ni científico) mediante la premisa de que si el universo existe es porque ‘algo’ debió haberlo creado, siendo ese algo, previsiblemente, dios. Mejor ejemplo, imposible. El último párrafo de mi artículo explica bien mi argumento, a despecho de lo expuesto tanto por el intermediario como por el mismo Urbina.

Personalmente, no creo que la filosofía sea importante sino más bien los filósofos, y mejor aun si estos parten de la evidencia científica para responder aquellas preguntas que bien pueden ser científicamente inconmensurables –así estas solo hayan nacido de su propia cabeza. Y con esto no he querido decir que la filosofía sea absolutamente inútil (aunque gran parte de ella sí) pues, a fin de cuentas, considero que más que un método de verificación, contrastación, validación o aplicación, la filosofía es una forma de replantearse problemas cualesquiera sea su naturaleza. Parafraseando al pseudocientífico pero muy filosófico etnólogo Claude Lévi-Strauss en mención al totemismo (fenómeno del cual nadie sabía para qué servía), considero que la filosofía es “buena para pensar”. (citado aquí)

Aun luego de todo lo discutido, si alguien considera que mis argumentos son endebles o errados y que la filosofía es realmente todo lo bueno que dicen que es, mi propuesta central seguirá de pie. Pase lo que pase con la filosofía, la ciencia seguirá viva. Y si alguien no lo cree así -como por ejemplo, Urbina- deberá mostrar evidencia de que eso será de cierta manera y no de otro modo, es decir, deberá dar cuenta de cómo la ciencia muere porque la filosofía también ha muerto. Lo curioso es que, a decir de algunos filósofos (algo que también mencioné en mi crítica), la filosofía o está gravemente enferma o está muerta, mientras que la ciencia sigue más fuerte que nunca. ¿Qué pasó aquí? ¿No será, acaso, que la ciencia crece cada vez que la filosofía decrece? ¿No será que, en realidad, la enfermedad o muerte de la filosofía es, más bien, consecuencia directa del creciente desarrollo científico? ¿No será que la filosofía -y con mucho mayor razón la filosofía científica- depende de la investigación científica? Si algo muestra la evidencia, a despecho de la propuesta de Urbina, es que a mayor ciencia, menor filosofía.

Al final, ¿quién es el miope?

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